Todo lo relativo a la infancia me conmueve. Me conmueve la brillante inteligencia de los niños inteligentes y me conmueve la mirada aturdida de los niños poco estimulados. Me conmueve su fortaleza y su capacidad de adaptación, tanto como su vulnerable fragilidad ante lo que no comprenden, lo que no son capaces de anticipar, ni controlar, ni evitar, ni decidir.  Me conmueven los niños repeinados que huelen a Nenuco y los niños desaliñados llenos de mocos. Me conmueven los niños buenos y, sobre todas las cosas, me conmueven los niños malos.

Los niños viven, crecen y sueñan a merced de los vaivenes de los adultos, que son quienes deciden y condicionan el espacio físico y afectivo en el que han de desarrollarse. Necesitan seguridad y cariño, tanto como comida y abrigo. Los niños malos evidencian la carencia de alguno de esos ingredientes. No creo que un niño sea malo porque salió «torcido». No me lo creo. Creo más bien que los que se «torcieron» fueron los adultos poco sensibles o incapaces que no supieron o no pudieron proporcionarles referencias estables y seguras.

Detrás de la fachada de un niño malo siempre veo un niño inseguro y dolorido que reclama atención y amor. Lo mismo el niño malo del barrio desfavorecido que el niño malo del cole pijo. Hay algo profundamente conmovedor en su actitud desafiante o violenta. Hay una niñez frustrada detrás de los insultos y los gritos y los golpes. Hay una pancarta invisible que dice: ¿por qué no me abrazaste? ¿Por qué no me abrazas ahora?

En mi trabajo en defensa de los derechos de los niños me encuentro muchas veces con interlocutores que me recuerdan, como si yo fuera una  ilusa, que los niños también tienen deberes. El deber, les explico, es la otra cara del derecho. Un niño que entiende de verdad, y desde muy pequeño, que tiene derechos, interioriza que los demás también los tienen y, por tanto, la necesidad de respetarlos. Un niño que se siente respetado, respeta a los demás. ¡Pero qué poco respetamos a los niños! Basta con pararse a pensar en cómo les hablamos, en cómo no les escuchamos, en lo poco que tenemos en cuenta su opinión. No se trata de leerles la Convención de los derechos del niño una vez al año, si no de tratarles como personas. Cada día, muchos días.

No, no hay niños malos porque sí. Hay niños malos que no fueron escuchados cuando querían hablar, que no fueron abrazados cuando tuvieron miedo, que se sintieron solos, abandonados o ignorados demasiado a menudo, rodeados de bienes materiales o privados de ellos.

No culpo a los padres. Pero tampoco culpemos a los niños.

Publicado por Yolanda Román

Jurista, activista y mamá equilibrista. Aquí sólo hablo de amor y de política. En el amor soy militante contumaz del totalitarismo libertario. En política no me caso con nadie. Escribo para no morir aplastada por mi misma y a veces soy M. George. En Twitter: @stricto_sensu.

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7 comentarios

  1. Me encanta como describes ese sentimiento. Yo si que culpo a veces a los padres, muchas veces los tenía al lado cuando estaba con mi hija en el parque. También veo en esos niños a muchas personas adultas, todavía faltos de afecto y cariño que siguen llamando la atención.

  2. Tengo la convicción de que el cariño que no te «llevas puesto» en tu infancia ya nunca lo asimilas del todo. Lo imagino como una mochila que todos llevamos a la espalda. Si de niño se quedó vacía, no será nada fácil llenarla de mayor, y eso, se note más o menos en tu vida cotidiana, tiene consecuencias en mil aspectos.
    Y cariño, no es sólo mimos. Es paciencia y perseverancia, para mi la parte más difícil.

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