Por motivos de trabajo, estas últimas semanas he tenido que viajar un par de veces a Nueva York. He sido la envidia de amigos y familiares, a los que no he podido convencer de que he pasado la mayor parte del tiempo encerrada en una sala de reuniones. Como aquí puedo sincerarme, admito que en general no es un destino al que me importe ir, aunque me frustre no tener tiempo para callejear como quisiera. Pero, lo cierto es que se trata de una ciudad que despierta mi lado más ambivalente (o, lo que es lo mismo, saca a relucir todas mis contradicciones).

Reconozco que me sigue impresionando su paisaje y voy rumbo a la oficina haciendo fotos por los rincones. Pero, al mismo tiempo (y cada vez más con el paso de los años, qué le vamos a hacer), me hace sentir muy incómoda. La basura se acumula por las calles sin control. De hecho, ¡la basura se genera sin control! No me considero ni mucho menos modélica en responsabilidad ambiental, pero me siento acosada desde que llego hasta que me voy por la cantidad de objetos y envases desechables que te asaltan por todos los rincones, para acabar sus días mezclados sin criterio aparente en cualquier cubo de basura.

Os podéis imaginar lo que supone viajar en pleno diciembre. La locura llevada al extremo. Luces, sonido, magia… y llamadas permanentes al consumo desenfrenado.

Hasta que las luces se apagan. Y surge el lado oscuro. O no surge, porque ni siquiera se ve. Pero existe. Y se llama Dasani. Tiene 11 años y es una de los 22.000 niños sin hogar que se estima viven en Nueva York. Habéis leído bien, veintidós mil. Ella vive en una especie de albergue que comparte con otros niños, adultos y ratones en unas condiciones que se aprecian en toda su crudeza en las impresionantes fotos de un proyecto periodístico que recoge el New York Times en 5 reportajes. Ser una niña pobre en Nueva York tiene ironías como el hecho de poder vestir ropa lujosa, donada a la caridad por alguna familia acomodada, al tiempo que tienes que vigilar los cereales que toma tu hermano pequeño para asegurarte de que no te los han vuelto a dar caducados. Ser una niña pobre en Nueva York significa conocer el mundo de las drogas, la cárcel, el SIDA y la violencia en la calle y en el propio hogar. Significa que el sueño americano está muy, muy lejos.

Y es que aproximadamente la mitad de la población de Nueva York vive cerca o directamente por debajo del umbral de la pobreza, tema que se convirtió en una de las banderas electorales del nuevo alcalde que los neoyorkinos acaban de elegir. En su conjunto, Estados Unidos es uno de los países con mayores índices de pobreza infantil, dudoso honor en el que España le sigue de cerca.

Niños pobres en países ricos… sus vientres no están hinchados y la inmensa mayoría, como Dasani, van a la escuela. Pero tienen algo que se me antoja más duro: viven en un entorno (social, político, económico) que sin duda alguna puede y debe cambiar sus vidas, y sin embargo les ignora. Permanecen invisibles tras las luces de neón.

 

Publicado por Marta

Reincidente en cooperación internacional y temas sociales desde hace ya casi 20 años (glups). Metida en más jaleos de los que debería y menos de los que mi conciencia me pide. Incoherente por naturaleza, aunque trato de evitarlo. Mi compromiso incluye cuidar a los míos, aunque no siempre esté a la altura.

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2 comentarios

  1. Qué duro lo que cuentas y cuánta razón tienes. Porque ser pobre en un país pobre es bastante mejor que en uno rico… Qué paradojas de la vida!

    1. Yo creo que en términos objetivos no se puede comparar (la pobreza que pone en peligro la vida es sin duda otra categoría), pero desde luego en el aspecto subjetivo, social y emocional la pobreza en una ciudad como Nueva York debe ser durísima, sentirte permanentemente ignorado e incluso despreciado…

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