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Llevo más de 20 años trabajando en torno a la cooperación internacional y la ayuda humanitaria. Tratando de sensibilizar sobre temas como la pobreza infantil, el acceso a la educación o los conflictos en el mundo. Por muy comprometida que estés, no puedes evitar un cierto sentimiento de culpabilidad por hablar de situaciones que tú, afortunadamente, nunca has vivido. Con las que tratas de empatizar, pero siempre desde la distancia, desde la tranquilidad que te da el saber que al final del día cierras el ordenador y vuelves a tu vida, donde todo sigue estando en su sitio. Siempre pensando “no sé qué haría yo en esa situación, no me quiero ni imaginar que eso le pudiera pasar a mis hijos”.

Hasta ahora.

Cuando de repente nuestro mundo se pone patas arriba. Los temas de los que hablas en tus notas de prensa son los mismos que vives en tu casa: son tus hijos los que no pueden ir a la escuela. Es tu padre el que está enfermo, tu prima la enfermera la que no tiene mascarilla. Eres tú la que, de repente, le das un beso de buenas noches a tus hijos sin saber cómo narices protegerles de esto. Así que era así como uno se sentía… ¿o no?

Probablemente se parezca, pero sin duda no del todo. Porque yo tengo la suerte de no ver peligrar mi trabajo. Tengo un jefe que me dice que la prioridad es mi familia y que se fía de que voy a trabajar desde casa todo lo que pueda. Unos hijos que reciben tareas por internet cada mañana. Una nevera que sigue llena. Una casa cómoda en la que podemos aguantar el tiempo que haga falta. Puedo darme el lujo de pensar que las medidas de protección -el lavado de manos, la distancia social- me saben a poco, en lugar de vivir angustiada pensando de dónde narices voy a sacar agua limpia y un trozo de jabón. Tengo un seguro médico que cubrirá nuestros gastos si caemos enfermos, y vivo en una ciudad donde ya se están instalando hospitales de campaña para poder atender a todo el que lo necesite. 

Todos hemos dicho eso de “el virus no discrimina”, y es verdad. Pero la pobreza y la injusticia sí lo hacen. Millones de niños y familias en el mundo afrontan esta amenaza en una situación de pobreza y vulnerabilidad que les expone a riesgos mucho mayores que los que afrontamos la mayoría de nosotros. Porque viven en países con sistemas de salud extremadamente débiles –nos cuenta un amigo desde Mozambique que allí tienen solo 40 plazas en cuidados intensivos para sus casi 30 millones de habitantes-, porque viven hacinados en campos de refugiados o desplazados, o incluso en centros de detención para inmigrantes, o simplemente en los mil y un barrios marginales de Nairobi, Calcuta o Rio de Janeiro. Sin necesidad de ir tan lejos, no podemos olvidarnos tampoco de las familias que, en esta Europa del siglo XXI, afrontan esta crisis sumidos en una profunda vulnerabilidad. Los niños que dependían del comedor escolar para tener una buena alimentación diaria. Los padres que ven su trabajo amenazado. Los que ni siquiera lo tenían… 

No se trata de consolarnos con la desgracia ajena. Se trata de ser conscientes de que, con lo difícil que es nuestra situación -y los centenares de muertos que llevamos ya a las espaldas-, probablemente estemos viendo solo un atisbo de un drama mucho mayor cuando la curva empiece a subir en los países más pobres del planeta. Y de estar atentos a todos aquellos que, mucho más cerca de nosotros, afrontan algo mucho más serio que la incomodidad de un encierro temporal. Por favor, no les dejemos de lado.

(Foto de cabecera: © UNICEF/UNI312341/McIlwaine)

Publicado por Marta Arias

Reincidente en cooperación internacional y temas sociales desde hace ya casi 20 años (glups). Metida en más jaleos de los que debería y menos de los que mi conciencia me pide. Incoherente por naturaleza, aunque trato de evitarlo. Mi compromiso incluye cuidar a los míos, aunque no siempre esté a la altura.

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1 comentario

  1. La vida te da una bofetada sin manos y nos hace ponernos en el lugar de los que antes solo decíamos «como podrán vivir así «una lección de vida nos dejara está situación un saludo

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