Los refugiados son ante todo personas. Personas que han vivido la terrible experiencia de la guerra. Personas que huyen de la violencia. Algunas han sido víctimas de explotación y violencia sexual, víctimas de redes y traficantes.

Han perdido todo, se lo han gastado todo. Sus vidas, sus casas, sus profesiones, todo quedó atrás. Más de 4.000 personas incluso han perdido sus vidas en el intento de llegar a nuestra tierra prometida.

Después de todo ese sufrimiento, muchos de los que consiguieron pisar tierra europea, viven en formato paréntesis. Viven en un limbo, a la espera, pendientes de las idas y venidas de los dirigentes europeos que celebran cumbres y más cumbres sin capacidad de darles una respuesta que priorice y garantice sus derechos.

Hungría decidió cerrar sus fronteras. Austria limitar el número de los que entran. España y los Balcanes blindarse tras las cuchillas. Macedonia rociar con gases lacrimógenos a familias desesperadas. Calais e Idomenei son el fiel reflejo de la falta de humanidad de Europa.

Llevamos meses esperando un consenso. Meses de políticas fallidas, ausencias de compromisos y encima múltiples decisiones unilaterales. Meses de retrocesos en derechos para ahora incluso superarnos a nosotros mismos. La última idea de Europa ha sido dar un nuevo y peligrosísimo paso atrás, y asestarle un golpe mortal al derecho de asilo.

Visto que no tenemos ni la moral ni la humanidad necesaria para dar la debida respuesta a la crisis de refugiados, parece que la única y brillante solución encontrada es que lo resuelva otro, y que ese otro sea Turquía.

La UE está actualmente negociando una propuesta de acuerdo, con Turquía, ilegal a todas luces, por el que se les devolvería a todo extranjero que llegue ilegalmente a las costas griegas, incluso a los sirios. A cambio, la UE se comprometería a traer desde Turquía a un número de refugiados equivalente al de expulsiones.

Y a estas personas la UE ha aceptado ponerles un precio: 3000 millones de euros, unos visaditos y mayor apertura para entrar en la unión de la desunión. Según parece eso es lo que valen los derechos de 30.000 personas hacinadas en Grecia y de los que a partir de ahora huyendo de conflictos se arriesguen a venir.

Los traficantes comercian con las personas refugiadas. Y ahora resulta que la UE tambien negocia con ellas. Comerciamos con la dignidad y los derechos de miles de personas.

No son mercancía, no son tomates. Son personas.

Verguenza de Europa.

 

 

Foto: Sergi Cámara @sergicamara

Publicado por Maria

Activista convencida de la necesidad de incidir para conseguir cambiar y evolucionar. Responsable de la Incidencia Política en temas internacionales en Amnistía Internacional. Este es un blog personal.

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5 comentarios

  1. Lamentablemente, los refugiados no son ni siquiera mercancía. Si lo fueran, alguien se encargaría de que estuvieran más y mejor protegidos de lo que están. La mercancía no se puede echar a perder.

  2. Gracias, María, por tus reflexiones tan obvias como necesarias.
    Hace tiempo que muchos hemos pasado de ilusionarnos con ser europeos a avergonzarnos de ello. Las últimas decisiones de la Unión Europea (de los mandatarios que votamos) son la gota que colma el vaso.
    Chicas, ¡seguid reincidiendo, por favor!

  3. ¿Qué comentarios cabe hacer a lo que dices? ¡Ninguno, a menos que caigamos en lo insultante, y no es plan! Lo que vemos con los refugiados (y con sudacas, y con gitanos, y con mendigos, y con negros… ¿hace falta seguir?) es el resultado de una sociedad dirigida y dominada por el Capital. Al menos, seamos conscientes. El dinero, lo primero. O sea: el mercado, la riqueza, el bienestar… La dignidad humana, y sus derechos, después, si cabe. Y si no cabe, da igual. Adoremos a ese dios, que me da calorcito en invierno y fresquito en verano. La Humanidad no ha evolucionado apenas, y está en su adolescencia. Sabemos llegar a Marte pero no sabemos tratar a nuestros semejantes. Salvo honrosas excepciones (que son las que nos van a salvar…!)
    Besos, María.
    -Jaime-

  4. Creo que es peor que eso. Los políticos europeos defienden cínicamente sus puestos, basados en sus resultados electorales. Interpretan, probablemente con razón, que sus votos disminuirán si muestran respeto al derecho humanitario y solidaridad con los refugiados. Temen que los partidos y bandas xenófobas de sus países les hagan perder apoyo y posibilidades de mantenerse en los gobiernos, perjudicando sus carreras políticas. Son la ignorancia, el egoísmo y la brutalidad de demasiados europeos los que pisotean los derechos y las vidas mismas de los refugiados. Es contra eso contra lo que luchamos, por eso tenemos que dejarnos oír y demostrar a esos gobiernos y a tantos conciudadanos que en Europa hay también otras voces, cada vez, por cierto, más airadas.

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